Una nueva esperanza

La derrota de todos, es la victoria propia

Una nueva esperanza

Género de space opera, dígase del mismo como “la continuación natural de las novelas de aventuras sobre escenarios propios de la ciencia ficción”. Los resultados del ya conocido Superdomingo han traído consigo varias lecturas que podrían dar material para el guión de una nueva entrega de sobre una galaxia muy, muy lejana.

La primera de todas ellas fue la victoria aplastante del PSOE en las tres elecciones celebradas simultáneamente. El grupo socialista logró vencer en 34 de las 54 ciudades a destacar en nuestro análisis: las 50 capitales de provincias, las 2 ciudades autónomas de Ceuta y Mellida, y las 2 capitales autonómicas que no son al mismo tiempo de provincia (Santiago de Compostela por Galicia, y Mérida por Extremadura). Cabe destacar el gran número de CCAA con la lista del partido como la más votada, así como en las europeas la importancia de una victoria con una subida en la participación del 11,45% con respecto al 2014.

Todos estos datos, parecieran indicar un viaje plácido de los socialistas, pero no más lejos de la realidad. Una segunda lectura arroja ese porcentaje de fantasía y romanticismo que toda buena historia de ciencia ficción necesita, solo que, como siempre, la realidad supera a la ficción.

La derrota de todos, es la victoria propia. Todos los partidos han sufrido grandes varapalos. El intento fallido del PSOE por alcanzar el poder en Madrid, es una mancha difícil de quitar, así como la sensación de sabor amargo al saber las penurias por las que está pasando su socio más cercano en los últimos tiempos: Podemos. La formación morada se deshace como un azucarillo dentro de un relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor. Esas plazas a lo largo del país fueron el principal baluarte del movimiento 15M (aunque en este caso el epicentro fuera en Sol). Dicho movimiento lleva desgastándose desde su cristalización en partido político, pasando por el congreso de Vistalegre 2, hasta el pasado Superdomingo. Esa huída de la transversalidad y la falta de una implantación territorial sólida, debido a su confusa lectura de la plurinacionalidad del país, ha llevado a que la izquierda vuelva a protagonizar otra tragedia griega, y no me refiero al rescate bancario. Otra vez la casualidad se convierte en causalidad, cosas del destino.

Por otra parte, el PP parece que está en tiempos de Alianza Popular. Cada derrota electoral se asume como una victoria propia. Cada decepción en unos nuevos comicios, se interpreta como la voluntad del parlamentarismo español. ¡Qué lejos quedan esos tiempos en los que abanderaban la defensa de la lista más votada! Cada giro que da la veleta que tiene su líder nacional para calificar a Vox, se asume como una posibilidad de pacto de gobernabilidad. Mientras el PPE mantiene el golpe a lo largo y ancho de Europa, el PP se va empequeñeciendo cada vez más, hasta parecerse a su propia caricatura de los años 80.

Ciudadanos ha vuelto a demostrar que el traje de los líderes de la oposición (aunque nunca han llegado a serlo de forma oficial) le queda grande. Ahora mismo tienen otra oportunidad para probar diferentes chaquetas durante la campaña primavera-verano 2019 para descubrirse a sí mismos por enésima vez: liberales, constitucionalistas, socialdemócratas, europeístas, etc.

En cuanto a Vox, las altas expectativas depositadas en sí mismo han jugado en su contra, y al final, todo se queda en un quiero y no puedo. No pretendo decir con esto que no pueda asentarse como partido en el futuro (un servidor es politólogo, no futurólogo), pero dicha formación demuestra una vez más la falta de institucionalismo y realismo que si tienen otras formaciones europeas de extrema derecha. Es un partido carente de implantación territorial, su programa se basa en un supuesto idealizado alejado de la realidad contextual de su país. Otros partidos extremistas europeos han tratado de construir su base programática en dar una solución rápida y fácil, como si de comida rápida se tratase y con un elemento clave: la homogeneización de la sociedad (especialmente de las clases trabajadoras). El intento de identificación de Le Pen con los chalecos amarillos en Francia, la creación del Brexit por parte del UKIP en Reino Unido, el diagnóstico simplón de las políticas migratorias de la Liga Norte en Italia, etc. Todos ellos, mensajes concisos y claros pero con un grado de realismo e implantación más acorde con el contexto sociopolítico actual (independientemente de si una persona está o no de acuerdo con este tipo de idearios). Sin embargo, Vox se centra en un anhelo de una sociedad en blanco y negro que para nada es homogeneizador en el contexto español. La realidad plurinacional de España choca directamente con sus aspiraciones: en las CCAA que son consideradas en la Constitución como nacionalidades históricas (Catalunya, Euskadi y Galicia) el partido de Abascal está anclado en el ostracismo. El nivel de representación parlamentario es nulo. Pero no solo eso, incluso en partidos regionalistas como en Cantabria, Navarra o las islas Canarias; no van a negociar la autonomía de sus comunidades. Un ejemplo de ello es la postura que ya ha tomado el PAR aragonés para un posible pacto autonómico.

Sin lugar a dudas, la mayor conclusión que se puede sacar de este año político 2019, es que la sociedad española todavía sigue en un proceso de ensimismamiento. Es una realidad que Spain is different, siempre a una marcha distinta que el resto de Europa (para bien o para mal). Se pueden llegar a extraer puntos de avance como la falta de éxito (que no el fracaso) del populismo nacional. Mientras en otros países europeos ha arrasado, el recuerdo de un pasado oscuro, sigue muy presente en la sociedad española. Sin embargo, casi 3 millones de votos en las generales y casi 1 millón y medio en las europeas no es peccata minuta. Asimismo, mientras en Europa el PPE mantiene cierto músculo electoral, el PP fracasa estrepitosamente y lo que es más preocupante, no da síntomas de recuperación mientras siga con su actual línea aznarista.

En cuanto a la parte progresista, la realidad es que la izquierda lleva relamiéndose las heridas con sal desde la ruptura con la transversalidad. Salvo en contadas excepciones (Más Madrid, En Comú, Compromís o Adelante Cádiz), todas las distintas opciones que nacieron bajo el paraguas de Podemos y su base en el 15M, están fracasando tanto en la dialéctica como electoralmente. Los pocos oasis donde se está demostrando que hay un proyecto sólido detrás (independientemente de si luego consiguen formar gobierno), son en los sitios donde no se ha huído, o por lo menos rechazado, esa transversalidad. Esa búsqueda de un denominador común a todos que impulse la mejora de nuestra sociedad. Esa búsqueda de los problemas que todos hemos causado (en mayor o menor medida), y esa creación o propuesta de soluciones que puedan afectar positivamente a todos. Cuñadismos o chascarrillos aparte, la sociedad española necesita de un análisis profundo de sus problemas en materia de Gestión Pública y sobre todo, llevar a la práctica las mejores cualidades que un gobernante pueda tener: la prudencia y la mesura. Políticas medioambientales como Madrid Central (con sus pros y contras), reducción de deuda pública y sobre todo, aprender a debatir y no a discutir. La adaptabilidad de poder formar gobiernos entre agrupaciones ciudadanas con socialistas, con liberales o hasta incluso conservadores, es vital para poner en práctica la voluntad de las grandes mayorías que ha dictaminado la sociedad española. De lo contrario, seguiremos en nuestro ensimismamiento, y lo que es peor, esto no es ciencia ficción.

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